Si pudiera…

Si pudiera hablarte ahora te diría que salieras de tu escondite bajo las sábanas, en la oscuridad de tu habitación, y bajaras a reírte con tus compañeras de convivencia.

Te diría que no te preocuparas por eso que te atormenta, cuando te vas a dormir, porque no significa tanto como imaginas. Que nada es tanto.

Te diría que bailaras más y lloraras menos, o lloraras igual, pero por otras cosas que realmente fuesen importantes, como los chistes de Susana, tus reencuentros con tu familia o esas miradas que te lanzan y tú no ves.

Te diría que madrugaras lo mismo, pero aprovecharas el día más. Que exprimieras las horas y las personas que te rodean, y las disfrutaras por la mañana y con nocturnidad.

Te diría que te saltaras alguna clase, que sacaras otra matrícula de honor y que fueses más a aquellas cenas a las que piensas que no debes ir.

Te diría que todo va a ser mejor, ni te imaginas cuánto mejor, y que quizá te sientas así porque tú te lo has buscado, porque todavía no has aprendido a ver el lado bueno de tu día a día, tu mejor versión, todavía no has brillado ni has descubierto tu luz.

Y te diría, también, que tienes que pasar por todo eso. Que eres así, ahora, pero que mañana vas a ser infinitamente más sabia. Que todo eso por lo que estás pasando, aunque duela, aunque no lo comprendas, aunque no le encuentres salida, verás como se soluciona. Que sabrás relativizar. Te diría que vas a aprender tanto que ni tú misma te lo vas a creer. Y no te lo creerías cuando te lo contara. Por eso, te dejaré ser, así, porque cada momento tiene su forma de vivirlo, y tú has decidido hacerlo de esa manera, aunque a ti, cuando vayas cumpliendo años, no te guste del todo recordarte de ese modo. Pero recuerda que esa también eres tú. Y tú puedes ser todas las versiones que precises hasta encontrar aquella en la que te sientas mejor, más feliz, más segura, más tú. Todas son válidas. Todas son necesarias.

Y sonríes. Porque haber deambulado sin ganas en ciertos momentos te ha hecho más grande, te ha llenado de vida. Porque has sabido crecer. Porque has sabido ponerle actitud a tu vida, a tus días, a tus momentos, a tu futuro. Y, sin tú saberlo, todo eso por lo que pasaste será lo que más fuerte te haga después. Habrás aprendido a sonreír, a mirar hacia delante con ilusión, positiva, seguirás llorando, pero más de risa y de felicidad que de miedo. Y seguirás siendo tú, aquella pequeña insegura llena de temores, pero un poco más valiente, con el corazón más blandito y la mirada un poquito más alta.

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