Nada. Pero todo.

nada todo

No.
No era nada.
Y se dejó caer en el sofá como esperando algo. Eso que nunca llegaba y que había dejado de ser nada desde ese mismo instante en el que se convirtió en un nudo marinero en su tripa.
Sí, sí era algo.
Era la frustración de no haberlo conseguido, de no haberlo sabido hacer querer mejor. Era (auto)engañarse, las miradas hacia otro lado, los remordimientos y la impotencia de darse cuenta de que eso que no era nada en realidad lo era todo.
Ella había visto cómo él estaba cada vez más lejos, más asunte, más perdido. Fuera.
Él se había dejado ir, había construido un muro entre los dos porque lo que quería era que ella se quedara al otro lado.
Ella decía que no era nada.
Y sabía que pasaba todo.
Él no hizo nada, excepto lo que quería hacer. Quedarse con todo. Sus ganas, su ilusión, ese trocito de corazón roto que se guardó para que nunca volviese a estar completo.
Decirle adiós con frío, sin mirar hacia otro lado, sin remordimientos.
Ella seguía en el sofá esperando nada.
Porque nada es lo que tenía, ahora, sin él.
Todo es lo que llegaría, después.

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