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Motores y frenos

En definitiva, la vida son motores y frenos. Avanzar o parar. Parar, recular, seguir adelante. Lo que tengo y lo que quiero, lo que no quiero y lo que no poseo. Y así caminas.

Lo que tienes y no quieres tener, y aquello que no tienes, pero anhelas. Desechar y obtener. Esto es lo que te mueve. Tus miedos, un agobio inesperado, una noche de darle vueltas a la cabeza, el dolor de estómago, todo eso deseas alejarlo de ti. Más dinero para tus vacaciones, más tiempo para ti, más tiempo para dedicar a algunas personas, que desaparezcan esos molestos vecinos. Lo quieres obtener. Y es tu motor, lo que te hace luchar, lo que te ayuda a continuar.

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La felicidad

*La búsqueda de la felicidad no consiste en observar la vida con gafas de color rosa, o blindarse al dolor y las imperfecciones en el mundo. Tampoco es la felicidad un estado de exaltación que ha de perpetuarse a toda costa; es el expurgar las toxinas mentales como el odio y la obsesión que literalmente envenenan la mente*

[Matthieu Ricard, monje budista]

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Lo que me hace sonreír. Mi brazo.

Es lunes ¿y qué? Te invito a hacer una mirada en positivo todos los lunes para afrontar con ganas la semana. ¡Te espero!

Hoy me miro el brazo y sonrío. Recuerdo que notaba los pinchazos pero no había dolor. Si levantaba la mirada las veía a ellas observándome, con los ojos brillantes. Sabíamos que era un día especial, más especial, si cabe, que cualquiera que podamos compartir. Y era difícil que cupiese. Pero cabía. Cabía en mi (nuestra) piel, literalmente.

Me miro el brazo y sonrío. Sonrío porque recuerdo una de esas mañanas que sabes que nunca olvidarás. Y no porque la lleves escrita en tu brazo, si no porque está grabada en tu retina. Una casa especial, una persona especial que te recibe con cariño y tres amigas que recorren un pasillo cogidas de la mano. Un playmobil de Elvis nos mira divertido.

Me miro el brazo y sonrío. Sé que era lo que quería. Y quería saber que lo era. El playmobil nos despide y se cierra una puerta vieja dejando atrás un momento único que será nuestro para siempre. Después, más risas, abrazos, emoción. Latiendo fuerte.

Sonríe cuando hagas lo que deseas, cuando cumplas un sueño, sonríe porque lo compartes, sonríe cuando alguien no lo entienda, sonríe cuando te mires un brazo o abras una ventana. Sonríe cuando sepas que lo que haces es lo que quieres hacer, cuando alcanzas un objetivo, cuando lloras mientras te aprietan fuerte la mano, cuando descubres la magia. Incluso en tu brazo.

 

 

 

 

 

 

* Un corazón late para que caminemos. Cuando sentimos. Late rápidorapidorapido cuando amamos.
Es blandito cuando se encuentra en paz.
Tres corazones laten más, mejor, caminan juntos con más fuerza.
Y se abrazan blanditos porque viven en paz.
Es como estar en casa.

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Lo que me hace sonreír. Cuando el cartero trae buenas noticias.

Es lunes ¿y qué? Te invito a hacer una mirada en positivo todos los lunes para afrontar con ganas la semana. ¡Te espero!

Cuando no existía Internet, ni Facebook, ni Twitter, ni Whatsapp, ni nada que sirviera para escribir a través de unas teclas, enviar y recibir cartas era una práctica habitual en mi casa. Me encantaba abrir el buzón y encontrar noticias de aquella amiga que vivía en Murcia, o de las nuevas personas que había conocido en aquel campamento de verano.

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La felicidad de las primeras veces

Nos olvidamos demasiado pronto de aquello que sentimos en una primera vez. A veces, hasta ni nos damos cuenta de que lo está siendo, esa primera vez, y todo queda en un recuerdo, hasta puede que se diluya entre el resto. No lo hacemos especial.

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80’s

Ellas son sus ángeles. Llegaron para salvarla. Para salvarse. Para quedarse. Llegaron sin condiciones. Sin restricciones. Supieron quererse por encima de todo y de todos. Un amor verdadero. Porque el amor mueve el mundo y sus mundos giran concéntricos mientras se dan la mano a cada paso. Porque ellas solas son valientes, pero juntas son invencibles. Porque lo que sale de dentro fluye y fluye bonito. Porque llorar de risa juntas es lo mejor que saben hacer. Y abrazarse. Y sorprenderse. Y crear. Porque cuando algo es de verdad fluye y fluye bonito.

Ellas son sus ángeles. No dejan que se caiga, y si se cae se agachan a recogerla y le ayudan a levantarse. O se quedan un ratito en el suelo con ella, hasta que cogen fuerza las tres. Ella sabe que puede contarles todo, y regresar al silencio siempre que lo necesite. Porque ellas no juzgan.

Ellas son sus ángeles. Son pureza. Son hogar. Son alegría. Son ilusión. Son compañía. Son ganas de volver.

Ellas son verdad.

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Entre tener la razón y ser feliz, elijo ser feliz

Elijo confiar en el futuro, y perdonarme por el pasado.
Elijo soltar lastres, elijo dejar de juzgar, dejar de pensar si estoy siendo juzgado.
Elijo sentir.
Elijo sentarme en el sofá y rodearme de gominolas. Y terminar con todas ellas.
Elijo abrazar a quien yo quiera.
Elijo abrazarte a ti.
Elijo a mis amigos, elijo a la gente con la que quiero reír.
Elijo a quién doy mi amor incondicional.
Elijo a quien no necesito en mi vida. Quien no aporta, quien resta.
Elijo dar oportunidades a aquello que yo considere necesario. A quien yo reconozca que lo merece.
Elijo regalarme una mañana para mí y ese jersey tan bonito que siempre veo en el escaparate.
Elijo cabrearme cuando oigo un villancico, y elijo poner por primera vez un adorno navideño en mi casa.
Elijo ser coherente y reclamo mi derecho para ser incongruente.
Elijo ser así.
Aquí.
Elijo de quién alejarme, y elijo quién se aleja de mí.
Elijo ponerme mala al comer por impulsos y elijo dejar de comer aquello que me encanta, pero me sienta mal.
Elijo a quién querer y a quién dejar que me quiera.
Elijo dormirme escuchando la lluvia caer en mi ventana, mientras le abrazo.
Elijo despertarme despeinada y malhumorada, y elijo que se me pase en cuanto pongo un pie en el suelo. O por la tarde.
Elijo estar cuando quiera, con quien quiera.
Elijo quién está.
Elijo ser.
Elijo sonreír al conductor del autobús.
Elijo llorar por la tontería más grande del mundo, y llorar por el problema más grande para mí. Llorar. Limpiar. Sanar.
Elijo que todo sea una tontería. Y nada sea un problema grande.
Elijo reírme con el vídeo más chorra de Internet y elijo molestarme con la foto más chorra del Whatsapp.
Elijo molestarme con indirectas.
Elijo no juzgar directas. Ni indirectas.
Porque entre tener la razón y ser feliz, elijo ser feliz.

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Estamos faltos de coherencia

Ser coherente. Y para qué. Es más cómodo pensar hacer decir  las cosas sin criterio. Cuesta menos. Es más fácil quejarse de lo que te jode que no te sonrían cuando te atienden en un supermercado cuando tú no eres capaz de pedir algo por favor. Queda mejor escribir lo mucho que te fastidia que no te respondan un whatsapp y haber dejado sin responder varios sms cuando eso se llevaba. Predicar con un ejemplo que no practicas.

Mi obsesión por ser coherente me hace adorar a la gente que veo que lo es. Y no siempre se puede ser coherente. Hace poco me dijeron, sobre mi obsesión por serlo, que no pasa nada si alguna vez no lo era. Que no pasaba nada si un día decidía pensar hacer decir algo que poco tenía que ver con algo que había pensado dicho hecho el día anterior. Cuando a mí eso me tortura por dentro. Cuando todo lo que pienso digo hago intento hacerlo en consonancia con lo que siento. Pero a veces se puede ser incoherente, me dijeron. No pasa nada. No te hace peor persona.

Algún día que he intentado serlo, por eso de que

no pasa nada, puedes ser incoherente.

Pero no me ha salido. Me cuesta. Me pica. Igual que me pica cuando la gente de mi alrededor lo es. Y eso no les hace peores personas. Es verdad. Quizá solamente se amolden mejor a las circunstancias, y yo debería aprender de ello. Quizá sepan sobrevivir mejor que yo. Quizá vivan más fácilmente, más cómodamente.

Lo que pasa es que una cosa es no ser coherente alguna vez, quizá por esa supervivencia, puntual, y otra ser totalmente incoherente siempre. Eso me pica, me pica mucho. Pero igual que cuando te rascas sonríes aliviado, cuando encuentro a una persona coherente, esa de verdad, sonrío aliviada. Me relajo. La observo. La disfruto. Y la guardo cerca de mí durante todo el tiempo que sea siempre.

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Elijo ser

Con el paso del tiempo comprendemos mejor a las personas. O quizá no, pero sí nos conocemos mejor a nosotros y sabemos diferenciar actitudes. Descubrimos que quizá eso que siempre le pasa a menganita le pasa por algo. Aprendemos que aquello que parecía venir de fuera puede que llegue por algo de dentro. Que hay gente que atrae problemas, o los crea, o los exagera o, simplemente, se los inventa.

Descubrimos que todo es relativo, que lo negro puede ser blanco o hasta puede que sea verde, aprendemos que tomar distancia de situaciones o personas tóxicas nos hace avanzar. Que lo nuestro no será perfecto, pero es nuestro, y que nos venden más motos de las que nos damos cuenta. Pero esa distancia no se coge aleatoriamente. Nada es porque sí. A veces sin querer nos alejamos de esas situaciones o personas porque nos acercamos a esas situaciones o personas donde nos sentimos cómodos. Bien. Nosotros. Reales.

Y, si quieres, puedas dar segundas oportunidades, volver a creer en aquellos que pudieron decepcionar, sin darse cuenta, o sin saber evitarlo, o sin darte cuenta tú. Pero, si no quieres, no es obligatorio. Aprender a alejarse es aprender a respetarse, a dejarse ser. Porque tú decides con quién, y cómo, te apetece ser. Que ser siempre es más que estar, y estar se puede estar con mucha gente, pero no se puede ser con todos.