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Lo que me hace sonreír. El mundo azul.

Es lunes ¿y qué? Te invito a hacer una mirada en positivo todos los lunes para afrontar con ganas la semana. ¡Te espero!

Me gustan los libros que me mueven por dentro. Que me hacen sentir cosquillas en la tripa. Que me hacen pensar. Que me hacen sonreír. Es lo que siento cada vez que leo a Albert Espinosa, al que tuve el honor de conocer hace unos años y cuya presencia me impactó incluso más que los libros que ya había leído.

Fui a una charla que impartía en el congreso Lo que de verdad importa. Llevaba sus tres libros en mi bolso y esperaba nerviosa un rato antes en la puerta sujetándolos con fuerza y deseando que me los firmara. Pero él ya estaba dentro, y yo no lo sabía. Una amable chica con la que había hablado antes por otros temas me vio y se acercó a mí. Le conté que tenía los libros de uno de mis escritores favoritos y que me hacía ilusión que me los pudiera firmar. Ella me llevó a la sala donde estaba Albert Espinosa, y ahí enmudecí. Y eso que su trato conmigo no pudo ser más correcto y divertido. Cercano. Saqué un libro muerta de vergüenza y le dije, bueno, tengo más. Y me dijo ¡Pues firmo todos, claro que sí! No dejaba de sonreír. Ni yo tampoco. Me dijo que le gustaba mucho mi bolígrafo. Nos hicimos una foto en la que salgo con cara de shock y felicidad y nos despedimos. Ha sido una de las personas que más ilusión me ha hecho tener cerca y una de las fotografías con gente conocida que más ilusión me hace tener.

Su charla fue inolvidable. Palabras de las que remueven, como sus libros, de las que te hacen pensar e incluso llorar, una actitud ante la vida plagada de humor ante el dolor.  Palabras valientes y actos consecuentes. Como me gusta que sean las personas.

Ahora, sonrío sabiendo que esta semana Albert Espinosa publica su nuevo libro y que pronto el cartero me traerá buenas noticias. Que podré oler las páginas recién estrenadas de una historia azul que quiero que me remueva. Que volveré a sentir la luz que me traen esos libros escritos con la piel y el corazón.

elmundoazul

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La felicidad de las primeras veces

Nos olvidamos demasiado pronto de aquello que sentimos en una primera vez. A veces, hasta ni nos damos cuenta de que lo está siendo, esa primera vez, y todo queda en un recuerdo, hasta puede que se diluya entre el resto. No lo hacemos especial.

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(re)mover(se)

Las tres anteriores entradas forman parte de las propuestas que desde el curso Un paseo por lo invisible nos hizo durante la semana pasada Mönica Bedmar. Para mí, un descubrimiento como persona, artista e inspiradora de belleza, sutileza y dulzura.

Durante cinco días nos llevó de la mano a pasear, nos enseñó preciosos rincones, llenos de magia. Lo mejor de todo es que nos enseñó que esa magia estaba dentro de cada uno de nosotros, de unos alumnos que con los ojos muy abiertos caminábamos cada vez más despacio dejándonos mecer por el susurro de sus palabras, por el calor de sus fotografías.

Lloré en varios de los paseos. Todavía siento cosas, sigo reflexionando, y todavía tengo una última inspiración por crear, por enseñarle a Mönica.

Ella me removió.

Ella es un detalle invisible. Ella me animó a volver a mirar, a (re)dirigir esa mirada hacia otros puntos de vista. Desde dentro, desde la tripa.

Desde donde se sienten las cosas bonitas.

Cadaqués. Marzo de 2011.

Cadaqués. Marzo de 2011.

 

 

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Entre tener la razón y ser feliz, elijo ser feliz

Elijo confiar en el futuro, y perdonarme por el pasado.
Elijo soltar lastres, elijo dejar de juzgar, dejar de pensar si estoy siendo juzgado.
Elijo sentir.
Elijo sentarme en el sofá y rodearme de gominolas. Y terminar con todas ellas.
Elijo abrazar a quien yo quiera.
Elijo abrazarte a ti.
Elijo a mis amigos, elijo a la gente con la que quiero reír.
Elijo a quién doy mi amor incondicional.
Elijo a quien no necesito en mi vida. Quien no aporta, quien resta.
Elijo dar oportunidades a aquello que yo considere necesario. A quien yo reconozca que lo merece.
Elijo regalarme una mañana para mí y ese jersey tan bonito que siempre veo en el escaparate.
Elijo cabrearme cuando oigo un villancico, y elijo poner por primera vez un adorno navideño en mi casa.
Elijo ser coherente y reclamo mi derecho para ser incongruente.
Elijo ser así.
Aquí.
Elijo de quién alejarme, y elijo quién se aleja de mí.
Elijo ponerme mala al comer por impulsos y elijo dejar de comer aquello que me encanta, pero me sienta mal.
Elijo a quién querer y a quién dejar que me quiera.
Elijo dormirme escuchando la lluvia caer en mi ventana, mientras le abrazo.
Elijo despertarme despeinada y malhumorada, y elijo que se me pase en cuanto pongo un pie en el suelo. O por la tarde.
Elijo estar cuando quiera, con quien quiera.
Elijo quién está.
Elijo ser.
Elijo sonreír al conductor del autobús.
Elijo llorar por la tontería más grande del mundo, y llorar por el problema más grande para mí. Llorar. Limpiar. Sanar.
Elijo que todo sea una tontería. Y nada sea un problema grande.
Elijo reírme con el vídeo más chorra de Internet y elijo molestarme con la foto más chorra del Whatsapp.
Elijo molestarme con indirectas.
Elijo no juzgar directas. Ni indirectas.
Porque entre tener la razón y ser feliz, elijo ser feliz.

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Estamos faltos de coherencia

Ser coherente. Y para qué. Es más cómodo pensar hacer decir  las cosas sin criterio. Cuesta menos. Es más fácil quejarse de lo que te jode que no te sonrían cuando te atienden en un supermercado cuando tú no eres capaz de pedir algo por favor. Queda mejor escribir lo mucho que te fastidia que no te respondan un whatsapp y haber dejado sin responder varios sms cuando eso se llevaba. Predicar con un ejemplo que no practicas.

Mi obsesión por ser coherente me hace adorar a la gente que veo que lo es. Y no siempre se puede ser coherente. Hace poco me dijeron, sobre mi obsesión por serlo, que no pasa nada si alguna vez no lo era. Que no pasaba nada si un día decidía pensar hacer decir algo que poco tenía que ver con algo que había pensado dicho hecho el día anterior. Cuando a mí eso me tortura por dentro. Cuando todo lo que pienso digo hago intento hacerlo en consonancia con lo que siento. Pero a veces se puede ser incoherente, me dijeron. No pasa nada. No te hace peor persona.

Algún día que he intentado serlo, por eso de que

no pasa nada, puedes ser incoherente.

Pero no me ha salido. Me cuesta. Me pica. Igual que me pica cuando la gente de mi alrededor lo es. Y eso no les hace peores personas. Es verdad. Quizá solamente se amolden mejor a las circunstancias, y yo debería aprender de ello. Quizá sepan sobrevivir mejor que yo. Quizá vivan más fácilmente, más cómodamente.

Lo que pasa es que una cosa es no ser coherente alguna vez, quizá por esa supervivencia, puntual, y otra ser totalmente incoherente siempre. Eso me pica, me pica mucho. Pero igual que cuando te rascas sonríes aliviado, cuando encuentro a una persona coherente, esa de verdad, sonrío aliviada. Me relajo. La observo. La disfruto. Y la guardo cerca de mí durante todo el tiempo que sea siempre.

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Yayo

Le decías a yaya que ya era mayor para que me preparara ese platito con olivas y atún que dejaba en mi sitio cada domingo, todos los domingos desde que nos recuerdo comiendo en vuestra casa. Ella te decía que, si a mí me gustaba, ella me lo prepararía siempre. Y así lo hizo hasta que se fue. Lo que yo no sabía es que tú le preparabas a ella un zumo de naranja natural cada día que regresaba de su sesión de radioterapia; cuando veías aparecer la ambulancia que la dejaba en casa corrías a exprimir las narajas para que estuviera recién hecho.

Me gustaría que estuvieses conmigo, con nosotros, ahora en esta nueva etapa que hemos empezado. Sé que aunque nunca lo dijeras, ni lo demostraras, a tu manera te sentías orgulloso de mí (a pesar de haber estudiado Periodismo y no Económicas), pero sé que ahora lo estarías mucho más. Verías cómo he sabido desenvolverme con tu amigo Miguel, ese al que visitabas casi cada día, que ahora me ha ayudado a sacar adelante los trámites de una hipoteca.

Me encantaría que vieras nuestra nueva casa, que me dijeras que algo no te gustaba (seguro que algo no te gustaba), sé que te encantaría Rober aunque también sé que me gritarías cada vez que apareciera en la cocina con la cresta.

Hace unos días me contaron unas historias tuyas que me hicieron reír mucho. En la peluquería de Raquel con tu frasco de alcohol y tus remedios caseros que desde entonces sigue haciendo Abel. Historias que hablaban de esa personalidad que hacía y decía lo que quería, de ese corazón más grande que tu mal genio.
Ahora desayuno en la silla en la que siempre me esperabas. E imagino qué pensarías si me vieras allí. Así. Sé que sonreirías aunque no dejaras que nadie lo viera. Siempre se me atasca el cajón en el que me guardabas los secretos.

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Elijo ser

Con el paso del tiempo comprendemos mejor a las personas. O quizá no, pero sí nos conocemos mejor a nosotros y sabemos diferenciar actitudes. Descubrimos que quizá eso que siempre le pasa a menganita le pasa por algo. Aprendemos que aquello que parecía venir de fuera puede que llegue por algo de dentro. Que hay gente que atrae problemas, o los crea, o los exagera o, simplemente, se los inventa.

Descubrimos que todo es relativo, que lo negro puede ser blanco o hasta puede que sea verde, aprendemos que tomar distancia de situaciones o personas tóxicas nos hace avanzar. Que lo nuestro no será perfecto, pero es nuestro, y que nos venden más motos de las que nos damos cuenta. Pero esa distancia no se coge aleatoriamente. Nada es porque sí. A veces sin querer nos alejamos de esas situaciones o personas porque nos acercamos a esas situaciones o personas donde nos sentimos cómodos. Bien. Nosotros. Reales.

Y, si quieres, puedas dar segundas oportunidades, volver a creer en aquellos que pudieron decepcionar, sin darse cuenta, o sin saber evitarlo, o sin darte cuenta tú. Pero, si no quieres, no es obligatorio. Aprender a alejarse es aprender a respetarse, a dejarse ser. Porque tú decides con quién, y cómo, te apetece ser. Que ser siempre es más que estar, y estar se puede estar con mucha gente, pero no se puede ser con todos.

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Y a ti, ¿te importa?

Seguro que la has cantado alguna vez en tu vida. Has gritado. Has hecho una especie de coreografía escenificando cada estrofa. Viviéndola al máximo. Sí. Yo también.

A quién le importa lo que yo haga.

A quién le importa lo que yo diga.

Es una canción sobrevalorada. Porque quizá no, a nadie deba importar lo que hagamos, o lo que digamos, pero en realidad sí, sí le importa a la gente que nos importa, a la gente que nos acompaña en lo que hacemos. Y debería importarnos que les importe. Es una especie de hago lo que quiero porque soy así y a los demás que les den. Tampoco es eso. Viva el punto medio. Hacer libremente, pero pensando [unpoco] en los demás. En los demás que queremos, claro. Es como esa gente que entra a Gran Hermano predicando que son muy sinceros, que ellos lo dicen todo a la cara. Que no se callan nada. Como si eso fuera una virtud. Como si eso fuera una excusa para decir las cosas sin educación. O para gritar. O para insultar. Porque ellos son así. Y con eso todo vale.

Porque ya lo dice la canción.

Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré.

Y aquí viene parte de razón, y parte de mentira. No cambiamos. Llegados a cierto punto ya no. Y hay cosas que siempre permanecen intactas.

El otro día recuperé unos textos escritos por mí hace unos 10 años. Y me di cuenta de que siempre he admirado a la gente valiente, a la gente que es de verdad, a la gente que es coherente. Y yo he cambiado, vaya si he cambiado. Soy más llorona, más piel, más sensible, más fuerte y más soñadora. Soy más valiente, intento ser más coherente y he dejado de ser pesimista. Soy más real. Soy actitud.

La parte de mentira es que sí cambiamos. Evolucionamos. Lo positivo lo potenciamos, y lo negativo lo potenciamos, hacia el lado contrario, también. Porque la gente maleducada, la gente mala, la gente borde, la gente idiota, esa cambia. Se vuelve más de todo eso. Aunque quiero creer que haya excepciones.

La más verdad de todas en la canción es que si la gente habla a nuestras espaldas es verdad que nos tiene que importar un bledo. Siempre será mejor centrar nuestra energía en la gente que nos importa, y a la que importamos, que desgastarnos con la gente que no nos importa, y a la que no importamos.

Como decía mi abuela algún día os hablaré de ella

ver oír y callar

veroirycallar

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Hazlo cuando quieras

No vale decir ojalá este año vaya mejor si tú no haces por ir mejor. Cambia el año, cambias tú, si quieres, y claro que quieres. Y también puedes. 2014 no tiene que ser diferente, tienes que serlo tú.

Nos planteamos propósitos en enero para cumplirlos en mayo, o no cumplirlos, cuando no deberíamos haber dejado de plantearlos en septiembre para decir en enero hago propósitos. Hazlos cuando quieras, pero hazlos. Todos los días deberían ser 1 de enero.

Porque debemos proponernos todo siempre. Para cumplirlo en algún momento. Porque lo que se propone en enero no se cumple porque sí. Por ser un nuevo año. Propóntelo en enero, si quieres, pero cúmplelo en enero, ya. Pero mejor. No te propongas nada. Simplemente haz aquello que sabes que debes hacer. Que cuesta. Eso que siempre dices debería, pero lo dejas.

Da las gracias. Mantén la calma. Empieza todas las veces que haga falta. Y falla muchas veces más. Abraza cuando tengas ganas, y si no tienes ganas no lo hagas, date ese capricho porquesí, no te dejes envenenar ni envenenes, vive tu vida, que ya es suficiente, y deja que los demás hagan lo suyo, que bastante tienen también. Mi abuela siempre decía (y predicaba con el ejemplo) ver, oír y callar.

No juzgues. Nunca sabes qué harías tú en una situación que nunca has vivido, no te atrevas a decir yo nunca lo haría. Lo desconoces. No dejes que te juzguen. Nadie se encuentra, nunca, como tú. En el mismo punto de vida, con las mismas prioridades, con los mismos sueños. Todos somos diferentes. Actuamos diferente. Pensamos diferente. Soñamos diferente. Sueña el tuyo y vívelo como desees. Si te equivocas equivócate. Pero que sea porque tú lo has elegido. No te crees obligaciones absurdas porque piensas que los demás creen que es lo mejor. ¿Y tú? ¿Qué crees que es lo mejor?

Rodéate de la gente que te llena. De la gente con la que te gusta estar. Aléjate escapa huye de la gente tóxica. Esa que te agota por dentro, que saca lo peor de ti, que negativiza tu entorno. No te des mal por las cosas que no merecen la pena. Por las personas que no merecen tu dolor. Siente la nostalgia justa de lo que supone alejarte de quien quizá una vez estuvo cerca, y siente la tremenda paz que te proporciona el estar cerca de personas nuevas que te dan la luz que necesitas para sonreír en cualquier momento del día. Por cualquier motivo. No tengas miedo de deshacer lazos, ni de anudarlos fuerte.

Baila. Pon alta tu música favorita y déjate llevar. Llora viendo una peli tonta o viendo tu peli favorita. Llora con una canción, con las palabras de una amiga, con el abrazo de tu amor. Llora porque te apetece, sin motivo. Llora de risa. Sé incoherente y no te condenes por ello. Todos tenemos derecho a serlo, alguna vez. También te puedes cabrear, incluso puedes debes ser egoísta. Lee más, mira menos el móvil y escucha la música que te dé la gana. Quédate un sábado en la cama sin remordimientos, y madruga un domingo para disfrutar del sol o la lluvia.

Pero hazlo en enero, en abril o en octubre. Hazlo cuando quieras. Y si no quieres no lo hagas. Que no tenemos obligación de nada. Solamente os (nos) pido un poco de actitud.

 

 

 

 

 

 

 

 

PD: Y si todo esto te suena a cuento chino pasa de ello también.