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Lo que me hace sonreír. Mi brazo.

Es lunes ¿y qué? Te invito a hacer una mirada en positivo todos los lunes para afrontar con ganas la semana. ¡Te espero!

Hoy me miro el brazo y sonrío. Recuerdo que notaba los pinchazos pero no había dolor. Si levantaba la mirada las veía a ellas observándome, con los ojos brillantes. Sabíamos que era un día especial, más especial, si cabe, que cualquiera que podamos compartir. Y era difícil que cupiese. Pero cabía. Cabía en mi (nuestra) piel, literalmente.

Me miro el brazo y sonrío. Sonrío porque recuerdo una de esas mañanas que sabes que nunca olvidarás. Y no porque la lleves escrita en tu brazo, si no porque está grabada en tu retina. Una casa especial, una persona especial que te recibe con cariño y tres amigas que recorren un pasillo cogidas de la mano. Un playmobil de Elvis nos mira divertido.

Me miro el brazo y sonrío. Sé que era lo que quería. Y quería saber que lo era. El playmobil nos despide y se cierra una puerta vieja dejando atrás un momento único que será nuestro para siempre. Después, más risas, abrazos, emoción. Latiendo fuerte.

Sonríe cuando hagas lo que deseas, cuando cumplas un sueño, sonríe porque lo compartes, sonríe cuando alguien no lo entienda, sonríe cuando te mires un brazo o abras una ventana. Sonríe cuando sepas que lo que haces es lo que quieres hacer, cuando alcanzas un objetivo, cuando lloras mientras te aprietan fuerte la mano, cuando descubres la magia. Incluso en tu brazo.

 

 

 

 

 

 

* Un corazón late para que caminemos. Cuando sentimos. Late rápidorapidorapido cuando amamos.
Es blandito cuando se encuentra en paz.
Tres corazones laten más, mejor, caminan juntos con más fuerza.
Y se abrazan blanditos porque viven en paz.
Es como estar en casa.

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Lo que me hace sonreír. Cuando el cartero trae buenas noticias.

Es lunes ¿y qué? Te invito a hacer una mirada en positivo todos los lunes para afrontar con ganas la semana. ¡Te espero!

Cuando no existía Internet, ni Facebook, ni Twitter, ni Whatsapp, ni nada que sirviera para escribir a través de unas teclas, enviar y recibir cartas era una práctica habitual en mi casa. Me encantaba abrir el buzón y encontrar noticias de aquella amiga que vivía en Murcia, o de las nuevas personas que había conocido en aquel campamento de verano.

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Si pudiera…

Si pudiera hablarte ahora te diría que salieras de tu escondite bajo las sábanas, en la oscuridad de tu habitación, y bajaras a reírte con tus compañeras de convivencia.

Te diría que no te preocuparas por eso que te atormenta, cuando te vas a dormir, porque no significa tanto como imaginas. Que nada es tanto.

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Entre tener la razón y ser feliz, elijo ser feliz

Elijo confiar en el futuro, y perdonarme por el pasado.
Elijo soltar lastres, elijo dejar de juzgar, dejar de pensar si estoy siendo juzgado.
Elijo sentir.
Elijo sentarme en el sofá y rodearme de gominolas. Y terminar con todas ellas.
Elijo abrazar a quien yo quiera.
Elijo abrazarte a ti.
Elijo a mis amigos, elijo a la gente con la que quiero reír.
Elijo a quién doy mi amor incondicional.
Elijo a quien no necesito en mi vida. Quien no aporta, quien resta.
Elijo dar oportunidades a aquello que yo considere necesario. A quien yo reconozca que lo merece.
Elijo regalarme una mañana para mí y ese jersey tan bonito que siempre veo en el escaparate.
Elijo cabrearme cuando oigo un villancico, y elijo poner por primera vez un adorno navideño en mi casa.
Elijo ser coherente y reclamo mi derecho para ser incongruente.
Elijo ser así.
Aquí.
Elijo de quién alejarme, y elijo quién se aleja de mí.
Elijo ponerme mala al comer por impulsos y elijo dejar de comer aquello que me encanta, pero me sienta mal.
Elijo a quién querer y a quién dejar que me quiera.
Elijo dormirme escuchando la lluvia caer en mi ventana, mientras le abrazo.
Elijo despertarme despeinada y malhumorada, y elijo que se me pase en cuanto pongo un pie en el suelo. O por la tarde.
Elijo estar cuando quiera, con quien quiera.
Elijo quién está.
Elijo ser.
Elijo sonreír al conductor del autobús.
Elijo llorar por la tontería más grande del mundo, y llorar por el problema más grande para mí. Llorar. Limpiar. Sanar.
Elijo que todo sea una tontería. Y nada sea un problema grande.
Elijo reírme con el vídeo más chorra de Internet y elijo molestarme con la foto más chorra del Whatsapp.
Elijo molestarme con indirectas.
Elijo no juzgar directas. Ni indirectas.
Porque entre tener la razón y ser feliz, elijo ser feliz.

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Estamos faltos de coherencia

Ser coherente. Y para qué. Es más cómodo pensar hacer decir  las cosas sin criterio. Cuesta menos. Es más fácil quejarse de lo que te jode que no te sonrían cuando te atienden en un supermercado cuando tú no eres capaz de pedir algo por favor. Queda mejor escribir lo mucho que te fastidia que no te respondan un whatsapp y haber dejado sin responder varios sms cuando eso se llevaba. Predicar con un ejemplo que no practicas.

Mi obsesión por ser coherente me hace adorar a la gente que veo que lo es. Y no siempre se puede ser coherente. Hace poco me dijeron, sobre mi obsesión por serlo, que no pasa nada si alguna vez no lo era. Que no pasaba nada si un día decidía pensar hacer decir algo que poco tenía que ver con algo que había pensado dicho hecho el día anterior. Cuando a mí eso me tortura por dentro. Cuando todo lo que pienso digo hago intento hacerlo en consonancia con lo que siento. Pero a veces se puede ser incoherente, me dijeron. No pasa nada. No te hace peor persona.

Algún día que he intentado serlo, por eso de que

no pasa nada, puedes ser incoherente.

Pero no me ha salido. Me cuesta. Me pica. Igual que me pica cuando la gente de mi alrededor lo es. Y eso no les hace peores personas. Es verdad. Quizá solamente se amolden mejor a las circunstancias, y yo debería aprender de ello. Quizá sepan sobrevivir mejor que yo. Quizá vivan más fácilmente, más cómodamente.

Lo que pasa es que una cosa es no ser coherente alguna vez, quizá por esa supervivencia, puntual, y otra ser totalmente incoherente siempre. Eso me pica, me pica mucho. Pero igual que cuando te rascas sonríes aliviado, cuando encuentro a una persona coherente, esa de verdad, sonrío aliviada. Me relajo. La observo. La disfruto. Y la guardo cerca de mí durante todo el tiempo que sea siempre.

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Yayo

Le decías a yaya que ya era mayor para que me preparara ese platito con olivas y atún que dejaba en mi sitio cada domingo, todos los domingos desde que nos recuerdo comiendo en vuestra casa. Ella te decía que, si a mí me gustaba, ella me lo prepararía siempre. Y así lo hizo hasta que se fue. Lo que yo no sabía es que tú le preparabas a ella un zumo de naranja natural cada día que regresaba de su sesión de radioterapia; cuando veías aparecer la ambulancia que la dejaba en casa corrías a exprimir las narajas para que estuviera recién hecho.

Me gustaría que estuvieses conmigo, con nosotros, ahora en esta nueva etapa que hemos empezado. Sé que aunque nunca lo dijeras, ni lo demostraras, a tu manera te sentías orgulloso de mí (a pesar de haber estudiado Periodismo y no Económicas), pero sé que ahora lo estarías mucho más. Verías cómo he sabido desenvolverme con tu amigo Miguel, ese al que visitabas casi cada día, que ahora me ha ayudado a sacar adelante los trámites de una hipoteca.

Me encantaría que vieras nuestra nueva casa, que me dijeras que algo no te gustaba (seguro que algo no te gustaba), sé que te encantaría Rober aunque también sé que me gritarías cada vez que apareciera en la cocina con la cresta.

Hace unos días me contaron unas historias tuyas que me hicieron reír mucho. En la peluquería de Raquel con tu frasco de alcohol y tus remedios caseros que desde entonces sigue haciendo Abel. Historias que hablaban de esa personalidad que hacía y decía lo que quería, de ese corazón más grande que tu mal genio.
Ahora desayuno en la silla en la que siempre me esperabas. E imagino qué pensarías si me vieras allí. Así. Sé que sonreirías aunque no dejaras que nadie lo viera. Siempre se me atasca el cajón en el que me guardabas los secretos.

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Corazones rotos

Hace tiempo una amiga mía me dijo que una vez le rompieron el corazón en mil pedazos. Aquella persona se quedó uno de ellos, para que ella no pudiera recomponerlo nunca. Para que no volviera a estar nunca completo.

Hace tiempo escribí que los corazones recompuestos tienen grietas, que nada los vuelve a dejar como estaban antes de resquebrajarse, que esos pegotes se notan. Y entre esas grietas se cuela suciedad, se cuela lo malo. No laten bien.

Hace tiempo no sabía que los corazones rotos se curan. Que renacen fuertes. Que son capaces de amar, desear e ilusionarse mucho mejor que si no los hubieran roto. Que aprenden a vivir mejor. Que un corazón de piedra pesa en el cuerpo. No deja llegar esas cosas buenas que sólo pasan en la tripa.

Que al corazón sólo hay que dejarlo sentir.

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Elijo ser

Con el paso del tiempo comprendemos mejor a las personas. O quizá no, pero sí nos conocemos mejor a nosotros y sabemos diferenciar actitudes. Descubrimos que quizá eso que siempre le pasa a menganita le pasa por algo. Aprendemos que aquello que parecía venir de fuera puede que llegue por algo de dentro. Que hay gente que atrae problemas, o los crea, o los exagera o, simplemente, se los inventa.

Descubrimos que todo es relativo, que lo negro puede ser blanco o hasta puede que sea verde, aprendemos que tomar distancia de situaciones o personas tóxicas nos hace avanzar. Que lo nuestro no será perfecto, pero es nuestro, y que nos venden más motos de las que nos damos cuenta. Pero esa distancia no se coge aleatoriamente. Nada es porque sí. A veces sin querer nos alejamos de esas situaciones o personas porque nos acercamos a esas situaciones o personas donde nos sentimos cómodos. Bien. Nosotros. Reales.

Y, si quieres, puedas dar segundas oportunidades, volver a creer en aquellos que pudieron decepcionar, sin darse cuenta, o sin saber evitarlo, o sin darte cuenta tú. Pero, si no quieres, no es obligatorio. Aprender a alejarse es aprender a respetarse, a dejarse ser. Porque tú decides con quién, y cómo, te apetece ser. Que ser siempre es más que estar, y estar se puede estar con mucha gente, pero no se puede ser con todos.

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Y a ti, ¿te importa?

Seguro que la has cantado alguna vez en tu vida. Has gritado. Has hecho una especie de coreografía escenificando cada estrofa. Viviéndola al máximo. Sí. Yo también.

A quién le importa lo que yo haga.

A quién le importa lo que yo diga.

Es una canción sobrevalorada. Porque quizá no, a nadie deba importar lo que hagamos, o lo que digamos, pero en realidad sí, sí le importa a la gente que nos importa, a la gente que nos acompaña en lo que hacemos. Y debería importarnos que les importe. Es una especie de hago lo que quiero porque soy así y a los demás que les den. Tampoco es eso. Viva el punto medio. Hacer libremente, pero pensando [unpoco] en los demás. En los demás que queremos, claro. Es como esa gente que entra a Gran Hermano predicando que son muy sinceros, que ellos lo dicen todo a la cara. Que no se callan nada. Como si eso fuera una virtud. Como si eso fuera una excusa para decir las cosas sin educación. O para gritar. O para insultar. Porque ellos son así. Y con eso todo vale.

Porque ya lo dice la canción.

Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré.

Y aquí viene parte de razón, y parte de mentira. No cambiamos. Llegados a cierto punto ya no. Y hay cosas que siempre permanecen intactas.

El otro día recuperé unos textos escritos por mí hace unos 10 años. Y me di cuenta de que siempre he admirado a la gente valiente, a la gente que es de verdad, a la gente que es coherente. Y yo he cambiado, vaya si he cambiado. Soy más llorona, más piel, más sensible, más fuerte y más soñadora. Soy más valiente, intento ser más coherente y he dejado de ser pesimista. Soy más real. Soy actitud.

La parte de mentira es que sí cambiamos. Evolucionamos. Lo positivo lo potenciamos, y lo negativo lo potenciamos, hacia el lado contrario, también. Porque la gente maleducada, la gente mala, la gente borde, la gente idiota, esa cambia. Se vuelve más de todo eso. Aunque quiero creer que haya excepciones.

La más verdad de todas en la canción es que si la gente habla a nuestras espaldas es verdad que nos tiene que importar un bledo. Siempre será mejor centrar nuestra energía en la gente que nos importa, y a la que importamos, que desgastarnos con la gente que no nos importa, y a la que no importamos.

Como decía mi abuela algún día os hablaré de ella

ver oír y callar

veroirycallar