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Piel

La piel no mentía.
Le decía que nada podía ir mal, y que todo estaba mal, ahí, así. Le dolían las caricias que le erizaban al mismo tiempo que necesitaba volver a tocarle.
Contradicciones.
La piel se lo decía. No podía, pero quería, y sabía que aquello que le hacía temblar terminaría haciéndole daño. Lo sabía. Y no quería. Pero quería. Y no podía.
La piel le hablaba a gritos, pidiendo un gesto más, un roce más, un descuido más.
Lloraba.
Soñaba.
Se equivocaba cada vez que le hacía caso a su piel, y nada le hacía más feliz que seguir sus órdenes. Cuando quería. Cuando no podía. Cuando sabía que quería. Y no debía.
La piel siempre se lo dijo. Acertaba. Sentía. Erraba. Aprendía. Se estremecía.
Lloraba.
Porque nada duele tanto ni enriquece tanto como sentir con la piel.

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Hacerse ver

Lloraba.

Lloraba tanto que se secaba por dentro.

Se secaba por dentro y desaparecía por fuera, haciéndose pequeña. Se borraba su cuerpo, su sonrisa, su paz y su libertad.

Lloraba y nadie la veía. Porque se escondía, avergonzada, desilusionada, resignada. Pensando que era así como tocaba vivir, así como tenía que ser, y dejaba de ser tras cada grito, tras cada gesto.

Se hizo más, y más pequeña. Lloraba pero no gritaba. Se ahogaba.

Hasta que un día decidió que no podía seguir siendo así de pequeña. Que tenía que crecer, volverse a ver, hacerse ver, gritar y patalear.

Dibujar su cuerpo, su sonrisa, su paz y su libertad.

Y ese día, vivió.